lunes, 13 de junio de 2016

En busca de la empatía

La empatía se define popularmente como “ponerse en el lugar del otro”. Implica por tanto una toma de perspectiva del modo que tiene el otro de ver y pensar las cosas o la realidad (empatía cognitiva), un ejercicio de reflejo emocional que nos hace llegar a sentir o imaginar el sentimiento del otro (empatía afectiva) y una predisposición a hacer algo positivo por el otro (empatía comportamental).

Además de los tres tipos de empatía mencionados (cognitiva, afectiva y comportamental), los expertos mencionan dos tipos más: la empatía situacional y la empatía disposicional. La primera de ellas ocurre sólo en determinadas situaciones o ante determinados tipos de personas (de ahí su nombre de “situacional”) y es lo que explica que haya personas empáticas sólo ante determinados tipos de problemas, personas o situaciones, pero no en otros. La segunda de ellas explica la empatía como disposición estable o permanente del sujeto, es decir, se trata de personas que siempre o casi siempre mostrarán empatía independientemente de la situación, del tipo de problema o del tipo de persona que se encuentren. La más interesante para el voluntariado, y para la sociedad en general, es la empatía disposicional.

Yo suelo explicar la empatía como una suerte de aventura mental, de mapa del tesoro lleno de trampas y trabas mentales (mecanismos de defensa o tendencias de la economía cognoscitiva y supervivenciales), de modo que muchas veces llegar a sentir y mostrar empatía implica un verdadero acto reflexivo y ético, que implica desafiar a nuestra zona de confort mental o a nuestro cerebro reptiliano. Veamos más en detalle en qué consisten dichas barreras u obstáculos que hay que superar:

La pirámide de las teorías. Nuestro afán de querer racionalizarlo todo y explicarlo todo, unas veces por seguridad personal, y otras por distanciamiento emocional de la situación, nos lleva muchas veces a quedarnos enfrascados en la pirámide de los laberintos y galerías mentales de los por qué, los cómos, y los cuándos, de modo que nos olvidamos de lo urgente y de lo importante, que es ayudar.

El mercado de los intercambios. Las teorías del balance en psicología afirman que en toda situación, de modo consciente o inconsciente, hacemos un cuenta de costos y beneficios, de ingresos y gastos emocionales y también materiales. Si no estamos dispuestos a perder algo por los demás, a dar sin recibir nada a cambio, a donar sin recordar que tal vez el otro nunca nos dio nada y por tanto no se lo merece, etc, es difícil que surja la empatía, que implica un acto de amor auténtico y desinteresado en el sentido que nos propone Fromm en El Arte de Amar.

El oasis del bienestar. En otras ocasiones preferimos pensar en cosas más agradables, ya que empatizar con los problemas y necesidades de los demás generalmente suele ser doloroso (aunque también se empatiza con las alegrías, si bien aquí hay que vencer a veces el obstáculo de la envidia), y de este modo nuestra mente se desvía del mapa del pensar y sentir del otro, para focalizarse en otras cosas menos dolorosas. En general nuestra sociedad huye del dolor y de las problemáticas, salvo si son rentables y morbosas, que entonces nos las mete hasta en la sopa, pero eso, lejos de generar empatía, acaba generando lo contrario: insensibilidad por saturación del estímulo.

La cueva del pesimismo. Percibir los problemas y necesidades ajenos con pesimismo, implica buenas dosis de algo llamado “aflicción personal” (sentirse igual de mal o peor que el otro), lo cual nos incapacita para ayudarle de verdad, es más, nos conduce a empeorar su situación. También el pesimismo es un escudo racional armado a base de frases y sentencias como: “no hay nada que hacer”, “esto ya no hay quien lo arregle”, “menudo drama”, “vaya desgracia más terrible”… ¿Le suenan estas frases? En la cueva del pesimismo todo es oscuro, y las palabras terribles resuenan y se repiten una y otra vez con eco interior.

La torre del corazón. A las princesas enamoradas del consorte considerado no apto por sus padres, las encerraban en la torre más alta del castillo, en un lugar inaccesible para el aspirante a su amor. De esta manera, quedaban separados para siempre. Eso hacemos a veces con nuestro corazón: lo tenemos cautivo en una torre, donde ni siente ni padece, alejado de los males del mundo, de los problemas ajenos, para que no perturbe a nuestras mentes bien ordenadas y educadas, en una escuela que sólo nos ha entrenado en el hemisferio cerebral izquierdo, quedando el derecho atrofiado en la torre de nuestros castillos de la infancia. ¿Quién los rescatará?

El puente de la empatía. Si hemos logrado pasar todos los obstáculos anteriores, al fin llegamos a un puente que conecta dos orillas, dos mundos, dos mapas de la realidad. Pero todavía tenemos que ser valientes para cruzarlo, ya que no faltan leyendas negras de hombres y mujeres que cruzaron el puente y nunca más volvieron a ser los mismos, algunos incluso se quedaron a vivir en la otra orilla para siempre. Si alguna vez se encuentra usted delante del puente de la empatía, tiene la opción de darse media vuelta o de cruzarlo con su mente, con su corazón y hasta con su cuerpo, de usted depende. Los del otro lado siguen ahí, esperando que alguien les eche una mano!

¿Quieres trabajar la empatía con tu alumnado a partir de estas ideas? Muy sencillo: invéntate un juego tipo ruta del tesoro en el que tengan que resolver un misterio, pasando por todas las etapas del mapa. Imprime el mapa y se lo das (está en imagen de alta calidad). O bien, plantéales una situación, y que ellos inventen una historia con 6 etapas o fases. Como ves, muchas posibilidades, échale imaginación!

César García-Rincón de Castro (2014)