miércoles, 9 de agosto de 2017

El Corazón Domesticado


Todos sabemos que el lugar natural del pajarillo no es una jaula, sino la naturaleza, su propio ecosistema. Todos sabemos que un pajarillo está hecho para volar, para relacionarse con su entorno, emocionarnos con su canto o su bello plumaje, su forma de volar, aparearse y continuar su vida a través de otros, manteniendo su especie. Con el corazón, que simboliza a nuestros sentimientos y emociones, pasa un poco lo mismo: están hechos para volar, para ser expresados, para relacionarnos con el mundo, para emocionar a otros.

El pájaro domesticado, renuncia a volar, renuncia a su función natural por vivir dentro de una jaula que le cobija y proporciona la comida que necesita. Pero pronto varias de sus funciones se atrofian y pierden su sentido, y al final no cumple el fin o misión para la que estaba creado.

El corazón domesticado también se acomoda en un refugio del yo, en una jaula o círculo cerrado que le procura cierta estabilidad y supervivencia a la persona, pero que atrofia en ésta la capacidad de amar realmente, de ser feliz y hacer felices a otros. La jaula del corazón domesticado está hecha en realidad a base de miedos y temores varios: el miedo a sentir, el miedo a contar cómo nos sentimos, el miedo a vincularnos afectivamente con el mundo y con los otros, el miedo al niño interior, el miedo a parecer vulnerables… Todos son miedos irracionales, creencias irracionales que nuestra educación y nuestro entorno nos ha inoculado.

Veamos entonces cuáles son esas variables o dimensiones del síndrome del corazón domesticado, para luego extraer de ellas algunos indicadores que nos permitirán hacer una herramienta de prospección y autoconocimiento tipo test. Se observará que en todas ellas aparece una emoción primaria muy habitual: el miedo. En realidad, domesticamos el corazón para huir de muchos temores en lugar de afrontarlos. Pero el precio que se paga por esa “aparente seguridad” es muy caro, como veremos.

Temor a sentir y emocionarse en general. Hay personas que prefieren controlar su expresividad emocional, y sus estados emocionales en general, porque temen ser juzgados por los demás, bien como personas frívolas o bien como personas descontroladas. En otros casos, se reprimen y controlan en exceso las emociones por cuestiones religiosas o culturales. También, en determinados entornos muy serios, solemnes, o prescritos socialmente, se genera mucha rigidez expresiva y falta de naturalidad emocional, así como miedo a sentir “vergüenza” social por expresar o no controlar una emoción que pueda considerarse inadecuada. La consecuencia de todo ello es una expresión pobre, sofisticada y falsa de las emociones, cuyo fin no es otro que buscar la aprobación social, u otros objetivos más allá de los puramente biológicos.

Dificultad para expresar los propios sentimientos y emociones. La falta de socialización emocional, se traduce muchas veces en dificultad para expresar ante los demás cómo nos sentimos, de comunicar nuestros sentimientos a otros. Esta es precisamente una de las funciones básicas del sistema emocional humano: poder comunicar y expresar nuestras emociones para descargar energía psíquica, es una necesidad humana básica. Otra cosa, es que esa comunicación sea adecuada o inadecuada socialmente hablando. La educación emocional nos proporciona herramientas para hacerlo de forma adecuada y respetando siempre al otro.

Dificultad para sentir y experimentar las emociones de otros. Es la falta de empatía, que tiene su origen, en primer lugar, en una deficitaria identificación de las emociones en el otro (y en uno mismo), y por esa razón muchas veces no empatizamos. En otros casos, determinadas creencias, prejuicios y marcos rígidos de pensamiento, no permiten a nuestro corazón sentir con el otro, ya que la mente sofoca cualquier intento de “sublevación emocional”. Hay también una empatía situacional, es decir, personas que son empáticas sólo en un tipo de situaciones o con un tipo de personas, y no en otras. Esto depende de nuestra socialización y simpatía o antipatía por determinadas personas. Pero, en todo caso, la empatía que nos interesa desarrollar es la “disposicional”, es decir, la empatía como disposición permanente en la persona.

Miedo a involucrarse o relacionarse emocionalmente con el mundo. Otra de las funciones de las emociones es la de vincularnos con el mundo, con los objetos del mundo, con otras personas. Con frecuencia experimentamos que nos quedamos anclados a determinados lugares, personas, o cosas. Pues bien, precisamente por el dolor o tristeza de la posible pérdida de esas cosas o personas, o bien por el compromiso que supone quedarse anclado emocionalmente, hay personas que prefieren no crear vínculos emocionales. La consecuencia de esa falta de vínculo emocional con el mundo es también falta de atención y aprendizaje de ese mundo, habida cuenta de la probada relación que existe entre emoción, atención, motivación y aprendizaje.

Temor a soñar y a ser libre dejando hablar al corazón. El corazón es más sincero que la cabeza, las emociones hablan en realidad de lo que nos gustaría ser o hacer, y de lo que no, de lo que nos hace felices y de lo que no nos hace felices. Es duro descubrirnos de repente en el lugar en que no queríamos estar: rápidamente acallamos a ese corazón que desea volar, y razonamos que “en la jaula no se está del todo mal con todas las necesidades básicas cubiertas”. Otras veces este temor viene determinado desde fuera, por la presión social, las costumbres socio-culturales, o cierta moralidad rígida y condenatoria todavía vigente en algunas tradiciones.

Enaltecimiento del yo adulto y racional desplazando al yo niño. El análisis transaccional de Eric Berne ha puesto de relieve esta interesante metáfora de los tres YO interiores: el yo padre de los principios, el yo adulto de las razones y el yo niño de las emociones. Más allá de las transacciones de nuestros tres YO en procesos comunicativos YO-TU, me parece más interesante el análisis que hace Berne de los conflictos internos que tenemos entre los tres YO. En concreto el conflicto que consiste en la “eliminación” de uno de los tres YO por asociación de los otros dos. Es más común de lo que parece, que en muchos adultos se asocien el YO PADRE con el YO ADULTO para callar o desplazar al YO NIÑO, y con ello quedan fuera de la persona todo su mundo emocional y creativo. Se convierte entonces en un adulto gris de razones y principios, que tiene en su casa un corazón domesticado y enjaulado, pero al que incluso no cuida ni alimenta.

El Corazón Domesticado es una metáfora útil para explorar las creencias limitantes relacionadas con nuestro mundo emocional interior. La metáfora nos permite darnos cuenta hasta qué punto está domesticado nuestro corazón, es decir, que nos hemos acomodado a tenerlo en una jaula como un pajarillo, porque es más práctico o porque tiene el alimento (artificial) necesario, pero en realidad nuestros sentimientos no pueden volar con libertad ni cumplir su misión esencial. Hay en realidad ciertos temores a sentir y expresar de verdad lo que sentimos a otros. A partir de 6 dimensiones claves, que analizo y explico a fondo en el dossier, desarrollo 18 indicadores en un test previo para cada participante, que le dará la medida de su grado de "domesticación emocional". Desde este descubrimiento de sus creencias limitantes, le ayudaremos a enseñar a volar a sus sentimientos, poco a poco, ya que algunos pueden llevar años en la jaula y habrán atrofiado sus alas. La dinámica también propone algunos ejercicios creativos a partir de la metáfora del Corazón Domesticado, para seguir explorando y reflexionando el tema con los participantes.